Corazones en una lata

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El mes de julio nos tiene acostumbrados a amaneceres fríos y días nublados pero éste último jueves nos sorprendió con un brillo solar inusual. Desde que desperté, por obra de los rayos brillantes que se colaron por las persianas, tuve la sensación que el día me depararía más de una sorpresa.

Días atrás me inscribí como voluntario en la Colecta Ponle Corazón para salir a “latear” por las avenidas sanisidrinas de Pezet y Portillo. Elegí esa carpa por mi familiaridad con la zona. Desde los 10 años hasta finalizar mi etapa universitaria viví a escasas cuadras de ese cruce. Quería rememorar tantos gratos momentos mientras me solidarizaba con tan noble causa.

El siguiente paso fue pedir permiso en la chamba para tomarme medio día de trabajo libre. Bajo el compromiso de ordenar mis pendientes, me dieron el Go sin peros que lo resistan. Ahora tocaba esperar que llegue el día de una experiencia distinta. Anteriormente había levantado en equipo una casa para una familia de Chincha que se había quedado sin hogar tras el terremoto del 2007 y había enseñado durante algunos meses a un grupo de estudiantes de secundaria a desarrollar un proyecto comunitario. Dos experiencias retadoras y gratificantes pero diferentes a lo que viviría.

Con el ánimo a tope por el agradable clima veraniego en pleno invierno y la misión de recolectar la mayor cantidad de colaboraciones de transeúntes y conductores, me preparé un desayuno contundente para la ocasión, alisté el bloqueador y me puse un par de zapatillas deportivas pensando en el sol y la cantidad de kilómetros que me disponía a recorrer.

A la una de la tarde en punto conocí a mis compañeros voluntarios de turno en la pequeña carpa roja que fue instalada en un área de césped en pleno cruce de las avenidas Pezet y Portillo. Rosa Vallejos, la jefa de carpa y a quien apodé con respeto y cariño “tía Rosa”, me recibió con una gran sonrisa mientras me asignaba la lata número 87 y me entregaba el polo y la gorrita de Ponle Corazón. Antes de partir a recorrer las calles escuché un grito a lo lejos. “Ya sabes colorado, la lata me la traes llena pero sobretodo diviértete y disfruta”. Y así fue.

No sé si fue el desayuno, el clima o la ilusión de llenar mi latita la fuente de mi energía, rebosante, atípica e inagotable. Para ser sincero no recuerdo haber sonreído tanto últimamente y no porque de cierto modo la misión lo ameritaba sino porque realmente me hacía feliz transmitirle un mensaje a la gente: su ayuda, materializada en una colaboración, tendría un impacto significativo en la vida de cientos de personas que padecen una de las enfermedades más terribles e injustas.

Claro que muchas personas me ignoraron –como han de imaginarse- revisando su celular o simplemente mirando fijamente al frente. Otras, arguyeron que no tenían sencillo o que colaborarían en otro momento. De hecho fueron más las personas que hicieron la vista gorda de las que se pusieron la mano en el pecho. Y la verdad es que no me sorprende teniendo por referencia una estadística lamentable que señala que los peruanos donamos solo S/ 0.20 por persona al año. Sin embargo, a pesar de ello, mantuve el entusiasmo conforme el peso de la lata iba aumentando y las muestras de agradecimiento se hacían presentes.

En todo momento seguí el consejo de mi Tía Rosa. Me divertí bastante ingeniando nuevas formas de pedir la colaboración de las personas. Veía a un grupo de señoras en un paradero y me acercaba moviendo la latita como una maraca exclamando frases como “ese lindo grupo de señoritas simpáticas seguro que colaborará con esta noble causa” y entre risas y sonrojos depositaban su colaboración en la ranura de la lata. En otra ocasión, a un grupo de jóvenes universitarios, les decía que si había sencillo para el pasaje, había sencillo para el corazón  mientras sacaban unas cuantas monedas de sus monederos. A mis amigos los cobradores y choferes de combis y micros les pedía que se pongan una mano en el “Bobby” (haciendo alusión al corazón) y que “hoy por los niños, mañana por ellos”.

En total, recorrí las calles por más de cinco horas. Por ratos a pie y por otros trepado en diferentes micros pidiendo la atención del público presente. Llevé la latita 87 de Pezet a Salaverry, a las afueras del centro comercial Real Plaza, a la puerta de la Universidad Pacífico, al complejo deportivo de la Municipalidad de San Isidro, al cruce de Los Castaños con Javier Prado. En cada esquina, semáforo y paradero pude hallar centenares de rostros dispuestos a colaborar con lo que tengan a su disposición. “Toda ayuda suma” fue la frase que repetí y me repitieron en mayor número de oportunidades.

Regresé a mi casa al anochecer. Me quité el polo y la gorrita y los guardé en un cajón para conservarlos. Mis pies empezaron a latir por tanto esfuerzo y el cansancio empezó a irrumpir. Me fui a dormir con la satisfacción de haber hecho un gran trabajo por los niños de la Fundación y por la experiencia vivida. De hecho, ya tengo un evento programado para el otro año. Volveré a latear las calles nuevamente.

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