Toda corrupción empieza como una posibilidad

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Vivimos, una vez más, inmersos en una coyuntura en la que salta la pus allí donde se pone el dedo. La intervención de audios -autorizada para seguir la madeja de una red de narcotraficantes- ha dejado al descubierto a todas las instituciones relacionadas a la justicia, así como a algunos empresarios y parlamentarios.

Un aspecto positivo es que la sociedad peruana ha mostrado su rechazo a todo lo que se está conociendo. Parece claro que la indignación y el rechazo es lo correcto, pero en realidad podría primar la mirada al costado, la reforma desde adentro, mantener el statu quo bajo el argumento falaz de no hacer olas en contra de la inversión privada, del proceso, de la estabilidad institucional. Pero mientras exista indignación, existirá también una luz al final del túnel. Hay que mantenerla viva.

Otra consideración a tener en cuenta es que esta gran red de corrupción, tan grande como seguramente la de Orellana en su momento, y otras más, tuvo una génesis, un momento inicial a partir del cual fue tomando cuerpo, ganando adeptos, poder, generando sus propios códigos y estructurando su argot, para que todo tuviera apariencia de normalidad. Y así, nadie levante la ceja al pedir cambio de sentencias, denuncie nombramientos injustos, o descubra entrevistas truchas.

 

Revisión interna

Es sencillo escandalizarse por todo lo que se escucha (y se seguirá escuchando). También señalar con el dedo, asistir al velorio de la reputación de toda esta gente importante que (pensamos, estimamos, proyectamos, queremos) nunca seremos.  Pero no podemos obviar que es cierto además que esta fuerza judicial no ha visto solo casos de delincuentes; también ha decidido sobre los casos de diversas empresas.

Lo importante, consideramos, es ver, pensar, identificar, cuáles son los esquemas, códigos, incentivos, que manejan las empresas para saber si existe -aunque sea pequeña o ínfima-,  posibilidad de crear situaciones de riesgo que puedan costarles caro en el futuro.

Una licitación que queremos ganar sin importar qué; una presión  desmedida a la fuerza de venta para lograr sus objetivos (con posibles despidos si es que no lo hacen); pedidos de ganar aquella batalla legal a como dé lugar, son claras muestras de que en algún momento nos encontraremos en problemas.  Y cada empresa debe conocer si existen otras posibilidades menos evidentes, pero que son, igualmente, un potencial caldo de cultivo para prácticas poco transparentes.

La reputación es un activo demasiado importante para una empresa (también para una persona) como para ponerla en riesgo pensando en los resultados de un trimestre o un año fiscal. Se puede resurgir rápidamente tras un año difícil en ventas y utilidades, pero con la cara limpia. Es casi imposible hacerlo con la reputación destruida.