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Rock al parque, un ejemplo de festival en la capital colombiana

La vida está llena de experiencias y hace poco tuve una que me marcó durante mis últimas vacaciones: estar parado, entre 150,000 personas, en medio de un aguacero que no cedía, para vivir en carne propia el Rock al Parque. ¿De qué se trata esto? Del festival de música gratuito más grande de Hispanoamérica y el tercero más grande del mundo.

Realizado desde hace 25 años en el Parque Simón Bolívar de la ciudad de Bogotá, este evento realmente es un ejemplo de trabajo por la promoción del arte y la cultura. Son tres días de festival; el primero está dedicado al metal, el segundo al rock nacional colombiano principalmente, y el tercero al rock hispanoamericano.

Leyeron bien: el segundo día está dedicado al rock nacional colombiano. Y, lo pasaría por alto si no les dieran la misma exposición que a los artistas internacionales. En el segundo día, las bandas colombianas emergentes tienen acceso a los grandes escenarios y equipos de gran calidad con que los músicos internacionales tocarán al día siguiente.

Y eso no es todo, reciben como mínimo dos mil dólares por tocar. Si bien tienen que pasar por un proceso de selección de varios meses antes de ser elegidos para presentarse en dicho festival, la remuneración es una muestra del valor que se le otorga al trabajo artístico en Colombia.

Así como la exposición de artistas locales, el proceso de selección también resulta interesante para comentar. De la gran cantidad de artistas que se presentan, el jurado del festival se encarga de preseleccionar un promedio de 100 bandas. Luego, en base a una investigación más profunda de cada artista, se quedan con 50, las cuales tienen que audicionar en vivo frente a este jurado para ser elegidas.

Pude ver mucho profesionalismo en la organización (no se permitían bebidas alcohólicas dentro del recinto), calidad de equipos (las pantallas y el sonido eran excepcionales en los tres escenarios del festival) y seguridad antes de entrar (no se podía entrar con correas, camisetas de fútbol u objetos que pudieran generar, o ser utilizados, en un disturbio).

No es fácil manejar 350,000 personas distribuidas en tres días de festival. De hecho, creo que representa un riesgo reunir a tanta gente en un mismo evento, pero no puedo negar que me conmueve. Me emociona porque al ser gratuito es una oportunidad para que mucha gente, que no tiene la facilidad de acceder a los conciertos de muchos de estos artistas, pueda disfrutar de un festival de tan alta calidad.

Y los organizadores son muy inteligentes y acertados al elegir a los artistas invitados. Este año se celebraban los 25 años desde la creación del festival  y se presentaron solistas con propuestas un poco difíciles para un público no muy especializado. Me refiero a producciones como la de, por ejemplo, Pedro Aznar o Gustavo Santaolalla. ¿Por qué valoro tanto esto?, porque el artista experimentado es capaz de cautivar al público tocando la propuesta que se le plazca (desde una canción folklórica hasta un bolero), solo se le tiene que permitir tener exposición porque de lo contrario lo más seguro es que desaparezca.

La música tiene que ser democrática para que tenga sentido. Por eso mismo me ha gustado tanto este festival. Esperemos que propuestas así se tomen en cuenta en nuestro país. Pero, para lograrse, creo que tiene que haber un mayor trabajo en equipo entre los empresarios, los cuales luego deberían buscar asociarse con la Municipalidad de Lima. Asimismo, creo que no está de más pensar en remunerar mejor el trabajo artístico en el Perú para permitir a las bandas apuntar más alto. Solo así podremos crear un producto tan bueno como el colombiano, el cual es reconocido a nivel internacional, casi al mismo nivel que el mexicano o el argentina en Latinoamérica.

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