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Todo por un himno

Las empresas deben ser centros que contribuyan a crear valores, mística y amistad entre los colaboradores, desde el primer día de trabajo… como el colegio.

Por: Pablo Cateriano

El 8 de diciembre es un día clave en mi calendario. Es el día de mi colegio. Ese día nos reencontramos temprano compañeros de toda la vida, participamos juntos de una multitudinaria misa, cantamos a todo pulmón el himno, almorzamos algo ligero y bebemos todo lo que podemos. Y ya, al final, terminamos en casa de uno de nosotros. Es un ritual que se repite año a año. Pero en el último almuerzo ocurrió algo inesperado: me encontré a la salida con tres vecinos de la playa bastante menores que yo, que no los tenía registrados como exalumnos. Nos abrazamos como si hubiéramos estudiado juntos y, emocionado, me animé a invitarlos a compartir mesa en casa apenas tengamos oportunidad. La oportunidad fue ayer.

Como ustedes saben, la educación jesuita se jacta de ser de las mejores. Con alrededor de tres millones de estudiantes activos, más de 650 colegios y cerca de 250 universidades alrededor del mundo, los jesuitas forman anualmente un verdadero ejército. Sus métodos de estudio (con marcado espíritu crítico), su alta sensibilidad social y marcada disciplina, son una marca registrada. Han sido sus alumnos desde Alfred Hitchcock y Fidel Castro, hasta Voltaire y Antoine de Saint-Exupéry. La Compañía de Jesús es -creo- la orden religiosa más grande del mundo y tiene una larga lista de santos en el santoral católico, entre ellos Edmundo Campion, patrono de mi promoción. Además, la vida de su fundador, Ignacio de Loyola, ha dado origen a innumerables libros. Es por todo ello -y seguramente por mucho más- que nos sentimos muy orgullosos.

Ese espíritu lo sentí nuevamente anoche, cuando conversamos sobre las características de nuestro colegio y sobre qué era lo que más nos había marcado: valores, amigos y mística. Los valores son aquellos que nos permiten distinguir entre lo correcto y lo incorrecto; los amigos son esos compañeros de ruta que coinciden con uno no solo en valores, sino también en aficiones, intereses, gustos o emprendimientos; y la mística es esa pasión que ponemos al defender nuestros principios. La mezcla de esas tres palabras me sonó a una receta imbatible. Y me encantó que cuatro contertulios de distintas edades, con distintos profesores, pero mismo centro de estudios, llegáramos a identificarlas y ponernos de acuerdo rápidamente.

Me encantaría más, sin embargo, poder organizar próximamente otra reunión, pero esta vez con algunos de mis ex compañeros de trabajo. Y escucharlos decir -cuando nos preguntemos qué de bueno nos dejó nuestro paso por la empresa- lo mismo: valores, amigos y mística. ¿Por qué nuestros centros de trabajo no nos pueden dejar esas tres señales de vida? Necesitamos tener ese objetivo sobre la mesa y trabajar diariamente en que se cumpla… Y acaso también requiramos un himno tan lindo como el de mi cole.

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