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Volodymyr Zelensky, de actor a presidente

Normalmente nos asombramos cuando un presunto ‘improvisado’ llega a la presidencia de un país. Sin embargo, muchas veces ello puede suceder debido a la necesidad de un cambio, generada por una sensación de decepción de la población respecto de una percepción negativa sobre la  gestión pública de los políticos llamados tradicionales.

Desde hace algunas décadas, un outsider con el simple hecho de tener una reputación correcta y con cualidades que todas las personas deberían aspirar a tener como: honestidad, transparencia, sentido del deber, ambición, ganas de hacer las cosas bien, entre otras, se puede convertir en un candidato sólido.

El caso más reciente ocurre en Ucrania con Volodymyr Zelensky, que si bien tiene estudios en derecho, más que nada se le conoce por ser un actor famoso con 41 años, casado y que tiene dos hijos. Zelensky, y este no es un dato menor, fue la estrella televisiva de un programa satírico reciente en el que interpretó en ficción a un presidente ucraniano.

En las recientes elecciones presidenciales obtuvo 73,2% de los votos, según los primeros sondeos a pie de urna, mientras que el presidente saliente, Petro Poroshenko, logró el 25,3% de los sufragios. No lo descalifica “per se” ser artista y querer aspirar a un cargo público, pero los permanentes actos de corrupción y la mala situación económica de Ucrania han hecho que se prefiera a alguien sin experiencia política previa para esa posición tan importante, en lugar de un elemento que se supone se ha preparado para ello toda su vida.

La realidad es que Zelensky es un presidente legítimamente elegido por más que pudiera provocar probable incertidumbre en cuanto a qué esperar de sus políticas y reformas prometidas. Lo anterior, ya será asunto a resolver de ese país; no obstante, la conclusión que más llama la atención es que la reputación de una persona es fundamental, hay que cultivarla muchísimo, porque todo lo conseguido al primer error puede no recuperarse y, en ésta ocasión, inclusive hasta nos enseña que puede bastar y sobrar para llegar a ser presidente.

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